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Final en 3 actos de una cultura amazónica

Final en 3 actos de una cultura amazónica

 
Parece que nadie está escribiendo sobre ello, y parece que nadie esté demasiado interesado en el final agónico de los pueblos amazónicos y andinos, excepto ellos mismos. Son la imagen de la desesperación humana hacia la que, según olfateo, vamos todos encaminados a una velocidad u otra.

Hasta los años 1950-70, los shuaras, achuaras, huaoranis y quichuas eran etnias seguras y orgullosas de sí mismas que habitaban en territorio amazónico del Ecuador y del Perú. Eran pueblos valientes, herederos de un profundo conocimiento ancestral que les permitía vivir felices en el seno más recóndito de la selva o en el pie-demonte andino aprovechando los insospechables recursos naturales. Conocían las secretas costumbres de cada animal, las aplicaciones de cada planta en beneficio humano y hablaban con los espíritus de la selva a través de sus sueños nocturnos, de las visiones de ayahuasca y de los tremendos efectos de las Brugmansias. Sus mitos eran majestuosos y les explicaban el origen del universo y de sus costumbres. Vivían en casi permanente vendetta intratribal y tenían clara la cruel ley de la selva: si mato, mato; si muero, muero y, a menudo, matar o morir dependía de una reacción medio segundo más rápida que la del enemigo. La hacían suya y reían de casi todo rodando por el suelo de las carcajadas.

Hasta ese momento no lejano de la historia, eran los verdaderos reyes de la selva. Los shuaras, por ejemplo, vivían en forma nómada cambiando de choza cada 8 o 10 años, cada vez que se pudría la que habitaban o cuando estaban medio agotados los recursos hortícolas de su entorno inmediato.

En aquellas décadas de los años 1950-70 empezaron a llegar colonos de la sierra andina. Al principio, eran los colonos quienes dependían de los indígenas y a los indígenas shuar, achuara y a algunos grupos quichuas hasta les resultaban simpáticos aquellos individuos de piel blanca, barbudos y más brutos en sus modales que las mulas que usaban para cargar. Algunos colonos incluso se vestían con los atuendos indígenas y aprendían su idioma.

Pero poco a poco, fueron llegando más y más hombres barbudos, de piel blanca y con pocos y malos modales. Se fueron asentando donde querían y empezaron a dejar de respetar los territorios indígenas, a molestar a sus mujeres y a matar a los hombres que se oponían a su avance. La cosa fue cambiando de color. Los indígenas shuar se empezaron a oponer con violencia a la colonización y, para su desdicha, pronto descubrieron que con aquellos tipos mestizos llegaban soldados y policías a detener a los indígenas, pero que a los colonos no les pasaba absolutamente nada si mataban a un indígena de piel olivácea. La impunidad y las armas de fuego amparaban a los recién llegados frente a las cerbatanas y los machetes de los indígenas. En pocos años, los indígenas empezaron a conocer el pánico ante la posibilidad de que la policía de los colonos los detuviera y los encarcelara.

Años 1970-90. Los colonos siguieron desembarcando más y más. Los indígenas descubrieron la importancia de unos papeles que decían: “Esta tierra, desde aquí hasta allí, es de Fulano de Tal”, el Título de Propiedad, y si un indígena pretendía ocuparla el colono lo expulsaba o le pegaba un tiro. Sin más.

En aquella década de 1960-70 hubo un valiente y astuto misionero, Juan Ch., que con un esfuerzo inimaginable consiguió agrupar a los escurridizos indígenas y crear la federación shuar y achuara, y los convenció para que se sedentarizaran parcialmente. Impulsó la creación de centros indígenas repartidos por la selva y consiguió que el gobierno financiara una escuelita y un pequeño puesto de salud en cada uno.

Dejaron de ser nómadas selváticos para agruparse en función del territorio que tenía adjudicado cada centro: quietos eran más agradables y fáciles de controlar por parte del gobierno y de los misioneros.

Pasaron los años y el mundo indígena se adaptó a esta forma de vida. Los shuaras y los achuaras dejaron de ser los reyes de la selva. Un elevado porcentaje seguía viviendo en la selva, pero cada vez menos y ahora estaban sometidos a las leyes de los blancos y ya no podían matarse para defender a lo suyo.

Llegó el cambio de milenio y un nuevo vuelco en la vida selvática que dio al traste definitivo con lo que quedaba del mundo tradicional indígena. Los blancos del Ecuador habían votado un nuevo gobierno y éste, sin consultar a los indígenas, decidió eliminar las escuelitas y los pequeños puntos de salud repartidos por la selva, espacios que ya se habían convertido en el centro neurálgico de la vida indígena. El nuevo gobierno decidió construir grandes instituciones de educación infantil y grandes servicios de salud concentrados en unos pocos lugares urbanos. Esto obligó a los indígenas a abandonar de nuevo su estilo de vida. Estos nuevos servicios del Estado están a horas, o a días, de camino de los centros selváticos donde vivían los indígenas desde hacía ya una o dos generaciones, y ahora es obligatorio escolarizar a los pequeños.

Este nuevo cambio obligó a los indígenas que aún vivían en la selva a dejar definitivamente sus territorios ancestrales y a vivir en los suburbios más lumpen de las pequeñas ciudades donde se construyeron los hospitales y las grandes escuelas masificadas para atender miles de niños. Les obligó a perder lo poco que les quedaba de dignidad y de valores tradicionales, a aceptar los trabajos peor pagados y que nunca habían hecho para sobrevivir. Ahora son seres humanos que viven en la más inimaginable miseria, que han de pedir caridad para poder comer y para comprar los medicamentos que les recetan en los nuevos y modernos servicios de salud (los eficaces remedios naturales de la selva quedan demasiado lejos o han sido olvidados).

Demasiadas decisiones inhumanas —por usar un término educado— tomadas desde irresponsables despachos de irresponsables políticos y funcionarios del Estado, o de ONGs más interesadas en sobrevivir ellas que en ayudar a mejorar las cosas, aunque no todas funcionan así. En antropología lo denominamos etnocidio, aunque otros lo denominan progreso, proceso de modernización o acción políticamente correcta porque está dentro de lo establecido por la ley. Progreso… depende, ¿de qué progreso hablamos?

Macas, Ecuador, 9 de enero de 2018

Dr. Josep Mª Fericgla

Doctor en Antropología

 

Macas, Ecuador, 9 de enero de 2018

Parece que nadie está escribiendo sobre ello, y parece que nadie esté demasiado interesado en el final agónico de los pueblos amazónicos y andinos, excepto ellos mismos. Son la imagen de la desesperación humana hacia la que, según olfateo, vamos todos encaminados a una velocidad u otra.

Hasta los años 1950-70, los shuaras, achuaras, huaoranis y quichuas eran etnias seguras y orgullosas de sí mismas que habitaban en territorio amazónico del Ecuador y del Perú. Eran pueblos valientes, herederos de un profundo conocimiento ancestral que les permitía vivir felices en el seno más recóndito de la selva o en el pie-demonte andino aprovechando los insospechables recursos naturales. Conocían las secretas costumbres de cada animal, las aplicaciones de cada planta en beneficio humano y hablaban con los espíritus de la selva a través de sus sueños nocturnos, de las visiones de ayahuasca y de los tremendos efectos de las Brugmansias. Sus mitos eran majestuosos y les explicaban el origen del universo y de sus costumbres. Vivían en casi permanente vendetta intratribal y tenían clara la cruel ley de la selva: si mato, mato; si muero, muero y, a menudo, matar o morir dependía de una reacción medio segundo más rápida que la del enemigo. La hacían suya y reían de casi todo rodando por el suelo de las carcajadas.

Hasta ese momento no lejano de la historia, eran los verdaderos reyes de la selva. Los shuaras, por ejemplo, vivían en forma nómada cambiando de choza cada 8 o 10 años, cada vez que se pudría la que habitaban o cuando estaban medio agotados los recursos hortícolas de su entorno inmediato.

En aquellas décadas de los años 1950-70 empezaron a llegar colonos de la sierra andina. Al principio, eran los colonos quienes dependían de los indígenas y a los indígenas shuar, achuara y a algunos grupos quichuas hasta les resultaban simpáticos aquellos individuos de piel blanca, barbudos y más brutos en sus modales que las mulas que usaban para cargar. Algunos colonos incluso se vestían con los atuendos indígenas y aprendían su idioma.

Pero poco a poco, fueron llegando más y más hombres barbudos, de piel blanca y con pocos y malos modales. Se fueron asentando donde querían y empezaron a dejar de respetar los territorios indígenas, a molestar a sus mujeres y a matar a los hombres que se oponían a su avance. La cosa fue cambiando de color. Los indígenas shuar se empezaron a oponer con violencia a la colonización y, para su desdicha, pronto descubrieron que con aquellos tipos mestizos llegaban soldados y policías a detener a los indígenas, pero que a los colonos no les pasaba absolutamente nada si mataban a un indígena de piel olivácea. La impunidad y las armas de fuego amparaban a los recién llegados frente a las cerbatanas y los machetes de los indígenas. En pocos años, los indígenas empezaron a conocer el pánico ante la posibilidad de que la policía de los colonos los detuviera y los encarcelara.

Años 1970-90. Los colonos siguieron desembarcando más y más. Los indígenas descubrieron la importancia de unos papeles que decían: “Esta tierra, desde aquí hasta allí, es de Fulano de Tal”, el Título de Propiedad, y si un indígena pretendía ocuparla el colono lo expulsaba o le pegaba un tiro. Sin más.

En aquella década de 1960-70 hubo un valiente y astuto misionero, Juan Ch., que con un esfuerzo inimaginable consiguió agrupar a los escurridizos indígenas y crear la federación shuar y achuara, y los convenció para que se sedentarizaran parcialmente. Impulsó la creación de centros indígenas repartidos por la selva y consiguió que el gobierno financiara una escuelita y un pequeño puesto de salud en cada uno.

Dejaron de ser nómadas selváticos para agruparse en función del territorio que tenía adjudicado cada centro: quietos eran más agradables y fáciles de controlar por parte del gobierno y de los misioneros.

Pasaron los años y el mundo indígena se adaptó a esta forma de vida. Los shuaras y los achuaras dejaron de ser los reyes de la selva. Un elevado porcentaje seguía viviendo en la selva, pero cada vez menos y ahora estaban sometidos a las leyes de los blancos y ya no podían matarse para defender a lo suyo.

Llegó el cambio de milenio y un nuevo vuelco en la vida selvática que dio al traste definitivo con lo que quedaba del mundo tradicional indígena. Los blancos del Ecuador habían votado un nuevo gobierno y éste, sin consultar a los indígenas, decidió eliminar las escuelitas y los pequeños puntos de salud repartidos por la selva, espacios que ya se habían convertido en el centro neurálgico de la vida indígena. El nuevo gobierno decidió construir grandes instituciones de educación infantil y grandes servicios de salud concentrados en unos pocos lugares urbanos. Esto obligó a los indígenas a abandonar de nuevo su estilo de vida. Estos nuevos servicios del Estado están a horas, o a días, de camino de los centros selváticos donde vivían los indígenas desde hacía ya una o dos generaciones, y ahora es obligatorio escolarizar a los pequeños.

Este nuevo cambio obligó a los indígenas que aún vivían en la selva a dejar definitivamente sus territorios ancestrales y a vivir en los suburbios más lumpen de las pequeñas ciudades donde se construyeron los hospitales y las grandes escuelas masificadas para atender miles de niños. Les obligó a perder lo poco que les quedaba de dignidad y de valores tradicionales, a aceptar los trabajos peor pagados y que nunca habían hecho para sobrevivir. Ahora son seres humanos que viven en la más inimaginable miseria, que han de pedir caridad para poder comer y para comprar los medicamentos que les recetan en los nuevos y modernos servicios de salud (los eficaces remedios naturales de la selva quedan demasiado lejos o han sido olvidados).

Demasiadas decisiones inhumanas —por usar un término educado— tomadas desde irresponsables despachos de irresponsables políticos y funcionarios del Estado, o de ONGs más interesadas en sobrevivir ellas que en ayudar a mejorar las cosas, aunque no todas funcionan así. En antropología lo denominamos etnocidio, aunque otros lo denominan progreso, proceso de modernización o acción políticamente correcta porque está dentro de lo establecido por la ley. Progreso… depende, ¿de qué progreso hablamos?.

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