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Tradición y conciencia en la formación del Hathayoga

Tradición y conciencia en la formación del Hathayoga

“En la postura, el cuerpo descubre su lenguaje sin palabras. Es solo el signo de un símbolo vivo.”

Yogacharya Serge Vallade

En los últimos años, la tradición del yoga se ha visto desplazada en beneficio de métodos que maridan técnicas y estilos con el propósito de renovar una oferta física supeditada a modas y estrategias de marketing. A menos que una propuesta se presente como "novedosa" es poco probable que merezca atención. Por eso las tradiciones antiguas, como el yoga, se ven con cierto recelo y no se ahorra esfuerzo por ponerlas al día, como si algunos elegidos se sintieran llamados a mejorarlas de alguna forma; no simplemente en su presentación, sino en sus principios. En definitiva qué aporta hoy la tradición del yoga que no sepamos ya, o creamos saber.

Hay un claro consenso sobre la idea según la cual el yoga es una ciencia. La ciencia que estriba en la unión del cuerpo y la mente. Pero rara vez conocemos las herramientas que facilitan dicha unión ni el propósito de la misma. A menudo ignoramos que esa unión o unidad preexiste y que los textos antiguos sirven para algo más que para rellenar listas de referencias bibliográficas.

Quien desee dedicarse a la enseñanza del yoga debería tener en cuenta estos escritos y confiar en que, gracias a ellos, llegará a un conocimiento que le permitirá profundizar en su comprensión del yoga. Dicho conocimiento no se adquiere mediante la lectura sino gracias a la práctica del Hathayoga que nos lleva a sentir en nuestro cuerpo, cada idea transformándonos en signos de un símbolo, en contenedores de una enseñanza.

Por ejemplo Patanjali en los yogasutras 24 y 25 del capítulo Samâdhipâda nos habla de Îshvara, comúnmente traducido por la divinidad. Sin embargo, Swami Shankarananda Giri vuelve a la etimología y descompone la palabra en î (energía) – sva (ser)- ra (luz). “Ahí (en îshvara) reside la semilla de todo conocimiento, mucho más allá de todo conocimiento.” Lo que podría resultar una frase hermética, cobra sentido si se entiende que, Îshvara es el aliento, en el ciclo Î inhalación – Shva retención – Ra exhalación. Ahora apliquemos este conocimiento a la práctica física: si nuestra atención está en la respiración, alcanzamos un entendimiento, a saber una conciencia, que deja atrás el conocimiento intelectual y sensorial. Por eso el yoga debe entenderse no como una filosofía que haya sido creada para teorizar sino para integrar lo simbólico (la enseñanza) en el símbolo (nuestro cuerpo).

La tradición nos dice que el cuerpo es un capital que se nos ha dado para invertirlo en la realización de nuestra verdadera naturaleza. Así el Hathayoga es un estado en que cuerpo, mente, respiración e intelecto se unifican en el proceso de alcanzar la liberación, Kaivalyam. En la práctica utilizamos asanas, las posturas, el pranayama, o distintas técnicas de respiración, para convertir el cuerpo en un mudra, a saber un signo que es ofrenda y la respiración en el mantra que se ofrece.

Como dice el Yogacharya Serge Vallade en su obra Séries Jagannath, Hatha Yoga Sadhana: " la práctica se convierte en un ritual cuyo Ser invisible es tan solo la excelencia de nosotros mismos. Ofrecemos nuestra práctica simplemente porque nos otorgamos el derecho de aceptar que lo sagrado pasa por nuestro cuerpo físico. No es solo un trabajo de estiramientos, de refuerzo de los ligamentos o de veleidades musculares, sino un acto, un don donde el orgullo y la suficiencia se ven vencidos por la consagración creativa, por esa fe tan sencilla que guía hacia la iluminación y niega la desesperación de poseer una existencia."

Quizá ser transgresor en las enseñanzas del yoga no pasa por innovar, sino por volver a aquella tradición e incorporarla a una práctica cotidiana que debe transmitirse a otras personas como una experiencia física, que es también una vivencia meditativa.

Las personas que se acercan a recibir una clase, deben tener la libertad de encontrar en el yoga lo que necesitan: un método para relajarse, adelgazar, estirarse, meditar, trascender... Ante la/el alumno/a, el profesor siente el respaldo de las enseñanzas tradicionales que ha incorporado en su práctica personal y profesional para transmitir una enseñanza que cada alumna/o recibirá de acuerdo a sus expectativas. Sin embargo, las clases de Hathayoga deben fomentar básicamente:

-      El bienestar estructural, incluyendo la fuerza, la flexibilidad, el alineamiento articular y la coordinación neuromuscular.

-      El bienestar fisiológico, para un funcionamiento óptimo del organismo.

-      Y el bienestar psicológico para la claridad y equilibrio mental.

Esta debería ser la dirección de la enseñanza. Y para aquellos alumnos que, como ya hemos dicho, después de acercarse al yoga por diferentes motivos se interesan en una práctica más personal y profunda, el profesor estará preparado para enseñar desde su propia experiencia.

La unión que propicia el Hathayoga elimina pues la fragmentación en la comprensión de las enseñanzas, de la práctica y diluye las fronteras entre cuerpo y mente para que todo nuestro ser sea conciencia.

José Gutiérrez

Cofundador de la Escuela de Yoga Patanjali

www.shantala.es

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