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La Dependencia Emocional

La Dependencia Emocional

El miedo surge de vivir una experiencia en un estado de inconsciencia en la infancia, y se mantiene re-estimulándose a lo largo del tiempo con situaciones que nuestro inconsciente interpreta como similares a lo largo de nuestra vida, y que éste asocia con esos primeros momentos de distorsión de la realidad nuestro pasado.

El estado de inconsciencia puede surgir de vivir una experiencia con DOLOR o EUFORIA. Sí, has leído bien: la euforia también nos lleva a un estado de inconsciencia ya que salimos de nuestro estado de tranquilidad natural para descompensarnos hacia un estado “positivo” mentalmente hablando. Prueba a observarte cuando estés en ese estado, no te percibirás tranquilo, e incluso es probable que detectes cierta ansiedad.

Como consecuencia de estos estados, distorsionamos lo que estamos viviendo, bien con rechazo (en el caso del dolor) y con idealización (en el caso de la euforia).

Por tanto, generamos incomprensión por creer que el ser nosotros mismos es censurable (dolor), pero esa censura surge en primer lugar de una idealización (euforia) de ciertas situaciones, entornos o comportamientos, lo que nos lleva a marcarnos el objetivo de ser, pensar o sentirnos de una forma concreta y de tratar constantemente replicar ese entorno ideal. Todo ello nos llevará a sufrir al no poder cubrir nunca el canon que nuestra mente inconsciente se ha marcado.

Estos estados de inconsciencia generan a su vez ciertas dependencias emocionales en función de la incomprensión vivida y de si tiene una relación directa con:

-Personas queridas y cercanas
-Conmigo (Concepto propio)
-Con el entorno

Vamos a profundizar en cada una de las dependencias que se generan en la infancia en función de cada uno de estos focos. Toda dependencia emocional tiene dos polos (positivo o negativo) en función de si nuestro inconsciente ha generado incomprensión en base al dolor (-) o a la euforia (+).

Recordad que lo que exponemos a continuación no son acciones realizadas de forma premeditada libremente, sino que es la forma que tiene nuestra mente inconsciente de defenderse de la incomprensión o del miedo a no tener lo que tuvo, tratando de compensar las carencias que percibimos internamente, condicionándonos a actuar de forma impulsiva o necesitando llegar a ser, hacer o tener algo. Es por ello que se puede decir que la mente inconsciente controla a la mente consciente condicionando nuestras decisiones de vida a través de las dependencias, de forma silenciosa.

Personas queridas y cercanas
Dependencia positiva: Al vivir en la niñez situaciones desde la euforia con personas cercanas, como pueden ser familiares (padres, hermanos, etc) o amigos, lo que surge es una idealización con respecto a esas personas, que hace que nos marquemos el objetivo inconsciente de querer replicar las situaciones y el cariño que idealizamos con esas personas toda la vida. Se genera una dependencia con respecto las personas a las que queremos y sus muestras de cariño. Buscamos quererlas para que nos quieran y nos protejan, asumiendo un ideal de familia pero sobretodo de amor, de cómo debes querer y que te quieran, replicándolo en nuestra vida adulta, ya sea con nuestra familia, amigos o con la pareja (nuestra “nueva familia”).

Dependencia negativa: Vivir situaciones dolorosas con personas cercanas y queridas hace que rechacemos y censuremos a esas personas, sus roles y el propio concepto del amor, rechazando a su vez cualquier muestra de atención y de protección, especialmente aquella que venga de los entornos que nos produjeron dolor. Como consecuencia, se genera una dependencia de ser independiente y muy responsable, controlando nuestra vida para no necesitar que nos quieran. Y de esta forma, poder encontrar un sustituto de “familia” al que, de alguna forma, poder rechazar por no cubrir el canon que mi mente inconsciente se ha marcado.

Concepto propio
Dependencia positiva: Hemos percibido que al realizar ciertas acciones o tener ciertos comportamientos, recibimos una respuesta positiva del entorno querido (familiares, amigos, etc). Como consecuencia, idealizamos este comportamiento y lo estandarizamos en nosotros para de esta forma seguir recibiendo “recompensas” positivas de nuestro entorno. Por tanto, comenzamos a depender de ser y hacer lo que nos marca ese rol para que los demás nos valoren. Es decir, me marco el objetivo de ser una “buena persona” para que me quieran. Aquí entrarían también conceptos como la ayuda, el ser servicial, complaciente, etc. Recordemos que no es que esté “mal” realizar este tipo de acciones (ni “bien”), pero el hecho de necesitarlo es lo que nos lleva a sufrir, pues dependemos de ello. Un punto clave para detectar esta dependencia es observar cómo nos sentimos cuando no recibimos la “recompensa” esperada cuando realizamos estas acciones. Porque el objetivo principal es que nos las reconozcan.

Dependencia negativa: Censuramos nuestro rol y comportamiento para no valorarnos y que los demás se compadezcan al percibir de nosotros mismos o al observar a personas cercanas que han adquirido este rol, que si soy débil o incapaz, el entorno se responsabilizará de mí y mis acciones. Por tanto, cuando nos identificamos con este rol, dependemos de los demás y de la somatización de un estado de sufrimiento o “enfermedad”. Es buscar creernos ser una persona débil y anulada.

Con el entorno
Dependencia positiva: Nuestro entorno cercano nos dió “libertad” de acción y decisión. Dicha “libertad” la hemos idealizado, también sintiéndonos protegidos en ésta. Es decir, esa libertad estaba supeditada a volcar la responsabilidad de lo que aconteciese al adulto. Por tanto, se genera una dependencia por la cual se necesita replicar en la adultez esa “libertad” autónoma, pero dependiente de la protección de una figura responsable de nuestras acciones. Por tanto, nuestro inconsciente rechaza todo matiz que conlleve la responsabilidad de la vida adulta, asumiendo el rol del eterno adolescente que no quiere crecer.

Dependencia negativa: Censuramos que no nos permiten no poder ni actuar como queremos. Esta dependencia surge de habernos sentido sometidos y controlados por nuestro entorno cercano, lo que hace que rechace cualquier concepto que nos haga sentirnos nuevamente sometidos. Por tanto, dependemos de una vida solitaria en la que juzgamos al mundo por ser cruel. Es adquirir el rol de ser una persona madura e independiente que no necesita a nadie, pero que en el fondo necesita muestras de afecto y reconocimiento.

Realmente, toda dependencia surge de una distorsión en primer lugar de nuestro Yo, de creer que ser nosotros mismos no es suficiente y que algo nocivo y perjudicial (tanto para nosotros como para el entorno) va a surgir si lo somos. Como consecuencia, nos imponemos y controlamos para ser lo que creemos que los demás esperan de nosotros o lo que nosotros mismos esperamos de nosotros en base a la distorsión e incomprensión que genera el dolor y la euforia.

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Daniel Piñero Salido

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