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La felicidad de nuestros hijos

Si preguntamos a cualquier padre por qué educan de la forma en que lo hacen, todos, casi sin excepción, contestarán que lo hacen porque quieren que sus hijos sean felices. Para todos los padres, la felicidad de los hijos es una cuestión muy importante. Preparamos a nuestros hijos para la vida futura, en la esperanza de que encontrarán un buen puesto de trabajo que les permita desarrollarse de forma óptima. Les facilitamos el acceso a los idiomas, deportes, habilidades sociales… con la intención de que puedan ser adultos competentes y felices. Nos gustaría que tuvieran una familia feliz y esperamos unos nietos felices. En nuestra mente ideamos un mundo feliz y maravilloso en el que todo será infinitamente mejor y, después, despertamos y volvemos a la vida real.


La vida real que vivimos está llena de otras muchas cosas. Hay horarios que cumplir y obligaciones hasta que cae el sol. Hay compromisos y rutinas. Tenemos que levantarnos muy temprano, salir al trabajo o al colegio, soportar a gente que no nos gusta (jefes, clientes, profesores, compañeros de oficina o aula), tenemos que decir lo que se espera de nosotros y no lo que nos gustaría, mantenemos situaciones por inercia o miedo, debemos esforzarnos siempre, ser los mejores, aprobar, ascender, mejorar… hasta que nos sentimos prisioneros en nuestra propia piel y comparsa de nuestra propia existencia. Pero, si nos preguntamos exactamente que es lo más importante, después de la salud, nos responderemos que ser felices.

Sin embargo la felicidad no es algo que pueda ser pospuesto. La felicidad es una forma de estar y de ser, es un ánimo que impregna todo lo que hacemos, lo que miramos y tocamos. Nuestros hijos no podrán ser felices el día de mañana si no lo son hoy. Poco importarán las buenas notas, las clases de inglés, los deportes extraescolares… Podrán ser adultos competentes pero eso no garantiza la felicidad. La única manera que, como padres, tenemos de asegurarnos que nuestros hijos serán felices el día de mañana es asegurándonos que son felices hoy día, ahora, en este momento.

Inmediatamente surgirá otra pregunta ¿qué es la felicidad? A veces tendemos a confundir felicidad con placer. Entonces la vida se complica hasta límites insospechados. Un nuevo amante nos dará más placer que uno antiguo, estar de vacaciones más placer que estar trabajando, determinada comida nos dará más placer que otra y así hasta el infinito en una cadena que nos va dejando vacíos por dentro. Ser hedonista no es lo mismo que ser feliz. Raramente buscando fuera encontraremos la llave de la felicidad, más bien entraremos en una espiral de hastío. Así que volvemos a la pregunta inicial ¿qué es la felicidad?

Personalmente, la felicidad tiene que ver con afinar los sentidos, con escuchar el interior y encontrar un sentido a lo que ocurre alrededor, incluso cuando no son situaciones que, a priori, denominemos positivas. La felicidad tiene que ver con la conciencia, con la aceptación, con la alegría que emana de la simplicidad de estar vivo, tiene que ver con saber quién soy y qué quiero, con alcanzar una relajación interior profunda, con no poner corazas entre el mundo y uno mismo, con deleitarse porque hay nubes y piedras, con mirar con el corazón a los hijos y emocionarse hasta llorar. La felicidad tiene que ver con sentir que es uno el que dirige su propia existencia, que no se es un peón más, que tiene importancia estar vivo y que soy portador de una dignidad que me trasciende. La felicidad es dejar los prejuicios aparcados y las ideas, y vivir con los sentidos abiertos lo que la vida nos traiga. Ser feliz significar llorar cuando duele y dejar atrás lo llorado para mirar al momento presente. Significa no bloquear la emoción presente y no quedarnos enganchados en el dolor que ya fue. Significa vivir sin proyectar y sin nostalgia. Ser feliz implica vivir la vida que deseamos, sin cumplir las expectativas de los otros. Significa ser uno mismo, crear una realidad propia y ser consecuente con ella.

La pregunta entonces es si nuestra vida está enfocada en el sentido de buscar la felicidad en el interior. Sólo en esa búsqueda honesta y sincera en nuestro interior podremos dar con la llave que nos conduzca a la felicidad. Nuestros hijos, nos observan. Ven como vivimos y aprenden, por imitación, a vivir. Si los padres se permiten buscar la felicidad, los hijos se atreverán a hacerlo. La felicidad de nuestros hijos es una cuestión prioritaria que no podemos pasar por alto. Para saber si nuestros hijos son felices basta con mirarles a los ojos.

Todos queremos que nuestros hijos sean felices. Pero no podemos aplazar el encuentro de nuestros hijos con la felicidad. Esta es una cuestión clave que no puede posponerse. La felicidad habita en el presente, en el ahora. Si nos preguntáramos para qué educamos, teniendo en cuenta que una infancia feliz es el pasaporte para una vida feliz, simplificaríamos la vida de nuestros hijos. Permitir a nuestros hijos jugar, reír, experimentar, tocar, oler, correr, mamar, chupar, danzar, cantar, pintar, tirarse al suelo, preguntar, construir, cuestionar, tener autoestima… en un entorno respetuoso de afecto y cuidado es permitir el acceso al autoconocimiento y al goce que significa estar vivo. Se trataría de, como padres, propiciar espacios para que la felicidad pueda darse ahora en la vida de nuestros hijos, para que, en el futuro, pueda ser una realidad. Un sueño del cual no tendrán que despertar.

 

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