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Conversando conmigo

siento dolor...

Y pena, melancolía, añoranza, tristeza, un sinfín de sentimientos a los que me aferro sin querer hacerlo, creyendo que los necesito y sabiendo que no los quiero.

El dolor me lleva al miedo, sí, miedo porque ante mí veo un nuevo camino que no sé dónde va, y cada vez que intento dar un paso, me apego al camino andado, al que creo que conozco, quedando inmóvil, sólo mirando sin saber qué hacer y llenándome de incertidumbre hasta agotarme.


Ya os dije en una ocasión que no quería crear personas dependientes de mí y, por mirar en mi interior, veo que el ser más dependiente de todos era yo, pues he necesitado su aprobación para creer sentirme bien creando en mí una ilusión, he creído que dando sin medida era el camino, y lo único que he sido capaz de hacer es quedarme en la salida, esperando que los demás aprueben mis actos y me ayudasen en la autoafirmación. Muy doloroso ver esta parte de uno mismo:

Dependo de que tu estés bien para poder creer que yo también lo estoy.

¡Cuánto cuesta escribir todo esto!

Ahora pongo en duda si los pasos que he dado en mi vida, así como las decisiones, no han sido sólo tomadas a la espera de que las aprobasen para poder realizarlas. Y mientras esperaba, me olvidaba de mí.

La confusión no me deja ver más allá de mis narices.

- ¿Verdaderamente me importa tanto lo que los demás esperan de mí?

- ¿Esperan algo de mí o es mi imaginación?

- ¿Soy yo el que espera?

- Y si los demás esperan de mí y yo espero de ellos, pero ahora ya no quiero esperar, ¿por qué sigo esperando?

- ¿Qué me impide dejar de hacerlo?

- YO, ¡joder como duele!

En alguna ocasión, mis amigos me dijeron: el mejor amigo que se puede tener es uno mismo; veo que también podemos convertirnos en nuestro peor enemigo…

Nosotros mismos ponemos en nuestro camino las piedras con las que tropezar o en las que sentarnos a esperar algo que sabemos que nunca llegará; donde tenemos un camino recto, añadimos salidas sin sentido, donde teníamos un bello jardín de hermosas flores, lo llenamos de maleza que nos impide disfrutarlo.

No queremos ver nuestras vidas o, mejor aún, nos negamos a ver aquello que no funciona para así no tener que trabajar nuestro interior. No todos queremos limpiar un jardín lleno de malas hierbas, pero si te digo que al limpiarlo podrías disfrutar de su belleza, ¿lo limpiarías?

Y si decides limpiarlo, ¿estarías dispuesto a mantenerlo en condiciones óptimas?

Si estás dispuesto a esto, ¿tendrías fuerzas para reformar aquellas partes que no puedes disfrutar?

Conforme escribo me percato de lo complicado que es el comienzo, pero no lo es tanto, lo importante es empezar con un paso, poco a poco seguirá otro. Te preguntarás: ¿qué tiempo ha de pasar de un paso a otro? A esto no puedo responderte, cada ser necesita su tiempo.

Fíjate, cuando leas esto, tú creerás que yo avanzo y yo seguiré creyéndome al borde del comienzo. Curiosa transformación, para esto no necesito lo que creas, pero sí necesito lo que yo creo, y creo que cada día seré capaz de necesitar un poco menos.

Una iluminada me preguntaba hace unos días cuál era la diferencia entre el necesitar y el querer. Me decía que al necesitar nos volvemos dependientes de los demás y ellos de nosotros, y que, cuando quieres algo, lo das o lo tomas simplemente por el hecho de quererlo sin necesitarlo.

No os podéis imaginar el golpe al darme cuenta de toda una vida necesitando de los demás. Seguro que muchos argumentareis como yo: todos necesitamos algo o a alguien. ¿Seguro?

¿Necesitas a tu familia? ¿Necesitas a tu pareja? ¿Necesitas a tus amigos? O, ¿preferís quererlos como son, sin más, sin invadir, sin coartar, sin chantajear?

¿Eres capaz de querer sin necesitar?

Un consejo, tomaos un tiempo para responder, mi respuesta la dejo para mi jardín y tampoco necesito la tuya para tomar la mía.

Cerraré esta reflexión con una frase sacada de un libro, regalo de una amiga, que dice:

Siempre es más fácil seguir haciendo lo que se ha empezado aunque no funcione

 
Javier Sánchez

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